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Revalorización del patrimonio del siglo XX

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En 2011, Madrid será sede de un congreso que definirá los criterios de intervención del patrimonio del siglo XX, organizado por el Comité Científico Internacional del Patrimonio del Siglo XX (ISC20C) y la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

En este encuentro se proponen elaborar una carta para fijar criterios a seguir en la rehabilitación del patrimonio arquitectónico del pasado siglo, y los asistentes al congreso elaborarán un catálogo de monumentos de España del siglo XX con el objetivo de presentar una candidatura para que sean incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Para los organizadores, “la Carta de Madrid situará a nuestra ciudad en la vanguardia de la conservación del patrimonio arquitectónico del siglo XX”, quien considera que las obras del pasado siglo son “especialmente vulnerables” a operaciones que considera “controvertidas”, y que por lo tanto “se hallan en un estado de amenaza constante”.

“Son inmuebles que todavía se encuentran en uso: viviendas, fábricas, cines… Muchos son totalmente desconocidos para el gran público y por eso son un blanco fácil para rehabilitaciones que alteran sus verdaderos valores históricos y artísticos”, explicó el especialista.

El objetivo que se persigue con la elaboración de la carta es, según expresaron, “establecer los cauces necesarios para generar un debate abierto, con la implicación del mundo académico, profesional, institucional y empresarial, que sensibilice a la opinión pública sobre la necesaria protección y conservación del patrimonio cultural”.

Esta revalorización de patrimonio del último siglo resulta novedosa en un país y un continente que cuentan con numerosísimas obras de siglos anteriores y que ha basado sustancialmente su política de protección patrimonial en la conservación y puesta en valor de piezas románicas, góticas, barrocas, etc.

No resulta algo novedoso en nuestro país, y menos aún en ciudades como Buenos Aires, La Plata o Rosario, en las que los inmuebles patrimoniales construidos a finales del siglo XIX y principios del XX son mayoría y constituyen los conjuntos más numerosos y valiosos desde el punto de vista patrimonial.

En su habitual condición de adelantado, el arquitecto Fabio Grementieri, durante la gestión de la entonces secretaria de Cultura Teresa de Anchorena, organizó hace 11 años un seminario internacional dedicado a difundir y revalorizar el patrimonio porteño de ese período. La intención final era generar los conocimientos necesarios y una masa crítica de opiniones favorables que permitieran luego presentar las piezas de ese período, como un conjunto distribuido por toda la ciudad, para ser incluidos en la Lista de Patrimonio Mundial.

El cambio de conducción en la Secretaría de Cultura porteña que se produjo en el año 2000 echó por tierra esa intención, que derivó luego en un proyecto que pretendía la declaración como “Paisaje Cultural” de una enorme franja ribereña –de Núñez a La Boca– cuyo fracaso conceptual y político fue estrepitoso.

Más de una década después de aquel proyecto visionario de Fabio Grementieri y Teresa de Anchorena, las noticias que llegan de España parecen confirmar que podría haber sido el camino más adecuado para proteger efectivamente el patrimonio cultural porteño y lograr que Buenos Aires entre al prestigioso grupo de las ciudades con bienes incluidos en la Lista de Patrimonio Cultural.

Si la actual gestión macrista deja algo de Buenos Aires en pie, el próximo gobierno tal vez tenga la oportunidad de retomar esa feliz idea que consideraba a Buenos Aires como un entramado patrimonial, democráticamente distribuido en toda la ciudad, y formule un proyecto serio de protección patrimonial que pueda ser reconocido por la Unesco.

(Publicado en el diario Página/12 el 30-10.2010).

Escrito por facundodealmeida

05/11/2010 a 6:51 pm

Bicentenario descartable

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En torno a 1910 se construyó buena parte de la infraestructura edilicia –pública y privada- más importante de la ciudad de Buenos Aires. El Teatro Colón, el Palacio de Correos, el Palacio de Tribunales, la Confitería Del Molino, el Palacio del Congreso, el Palacio Anchorena y el Palacio Paz, entre otros inmuebles significativos, fueron inaugurados en aquellos años y hoy son parte importante de nuestro patrimonio arquitectónico.

Los pabellones construidos para la celebración del Centenario también fueron edificaciones sólidas, de excelencia, y calidad en su diseño, materiales y construcción, como podemos constatar en el Pabellón del Servicio Postal de la Exposición Ferroviaria y de Transportes Terrestres, que sigue en pie, encerrado por el Regimiento de Patricios y un shopping, y en absoluto abandono.

En estos tiempos efímeros y posmodernos en los que todo es descartable y  nada se hace para durar, parece natural que el Bicentenario no deje a las generaciones futuras un patrimonio que represente a nuestra época. Los proyectos oficiales anunciados, por cierto muy cuestionados porque no cumplían con las normas urbanísticas, quedaron en el resultado de un concurso.

Las celebraciones efímeras, por ahora, tampoco fueron muy felices. El gobierno porteño anunció con bombos y platillos la creación del Pabellón del Bicentenario, con un costo –entre concurso, construcción y actividades- de 25 millones de pesos, que solo duró unas pocas semanas y mucho antes del 25 de mayo el viento y la lluvia ya lo habían destruido.

La celebración programada por el gobierno nacional, que cuenta con un presupuesto de 160 millones de pesos, tiene su acto central en la Av. 9 de Julio con un escenario y una sucesión de stands más robustos que el pabellón porteño, que seguramente subsistirán los cuatro días de festejos, pero cuando amanezcamos el día 26 ya no estarán allí.

Ese día también perderemos la palabra mágica Bicentenario, que ha justificado casi todo durante estos últimos años y se transformó en un adjetivo adosado a las iniciativas de lo más variadas e incluso insólitas, pero poco o nada se ha concretado.

 No dejaremos ninguna obra arquitectónica que nuestros descendientes puedan restaurar orgullosos dentro de cien años, pero lo peor es que tampoco hemos cumplido con nuestros antepasados. Más allá de la reapertura del Teatro Colón o la creación de la Casa del Bicentenario en un edificio de 1913, el patrimonio arquitectónico que heredamos sigue a la deriva. Y si seguimos con este ritmo de desidia y destrucción, mucho antes del Tricentenario, no quedará nada que nos recuerde nuestro pasado.

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